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Hoy me gustaría introducir este post de una forma “diferente”.

fotografía antigua playa

¿En qué se diferencia esta fotografía…

playa china

…de esta otra?

Es probable que haya pasado más de ochenta años entre la una y la otra, por supuesto. Y, ¿nada más? Estoy completamente seguro de que fuesen a la hora que fuesen nuestros bañistas de los años veinte se iban a encontrar la playa casi tan desierta como en la fotografía. En cambio, ¿os habéis fijado en el colorido del fondo de la segunda imagen? Y no, os aseguro que no se trata de una obra puntillista. Espero que la chica que aparece en primer plano se lo haya pensado bien antes de meterse en semejante muchedumbre de cuerpos semidesnudos.

Y es que los tiempos han cambiado, y mucho. Es innegable que la población ha crecido de forma espectacular y que los espacios se nos quedan cada vez más pequeños. Y hoy en día prima más la regla de “el que llega antes” que el “ceder por educación”. Pero es en estas situaciones cuando más falta hace recordar las normas de la buena educación y de protocolo y ponerlas en práctica para que un día de playa siga siendo un día de playa y no una batalla campal.

Por ello la primera norma básica en estos lugares (y muy a pesar de todos, la verdad), es el silencio. No debemos olvidar que el propósito principal de pasar un día en la playa es el de descansar y debemos entender que haya personas que realmente quieran hacerlo. Por tanto hay que olvidarse del radiocasete –sí sí, aún es común ver este tipo de especímenes rondando por nuestras playas-, y limitar nuestras ganas de juerga y diversión al grupo de amigos y no a media playa.

No hay una norma que regule el espacio que debe ocupar cada uno, ni la cantidad de “complementos” que pueden llevarse consigo, pero señores, seamos sensatos, en los escasos dos metros que distan entre la toalla de un bañista y la esterilla de otro no cabe nadie más. Resulta muy molesto que llegue el listillo de turno a las doce de la mañana, cuando la playa está totalmente llena, y se haga hueco donde evidentemente no lo hay. Y cuidado también con la cantidad de objetos que llevemos encima. Puede que para alguien sea necesario, además de la toalla, una sombrilla, veinte sillas y una mesa plegables, la nevera, etc., pero habremos de buscar un lugar apropiado para construir semejante campamento y no acabar invadiendo territorio neutral.

Lo de la norma sobre no usar la playa como W.C. lo podemos obviar porque aunque nos parezca política y moralmente incorrecto es un hecho, sobretodo en cuanto al mar se refiere. De modo que cada uno es dueño de sus actos y para su conciencia se quedará.

Cómo lo encontramos y cómo lo dejamos. Generalmente al llegar vemos un sitio despejado y limpio. Es nuestra obligación dejar –por lo menos el espacio que hemos ocupado-, tal como lo encontramos. Deberemos recoger todos los restos y depositarlos en sus correspondientes contenedores. La playa no es ni una papelera ni un cenicero. Y eso va por los fumadores. Imagino que nadie querría ver a su hijo jugar con las colillas que ha encontrado mientras escarbaba inocentemente en la arena. No olvidemos que la playa no es nuestra y que muchas otras personas tienen derecho a disfrutar de ella tal como lo disfrutamos nosotros.

Hasta aquí es, de forma resumida, lo que las normas de protocolo contemplan para tal ejemplo. Sin embargo, quisiera hacer un último llamamiento a todo aquel que frecuenta o frecuentará las innumerables playas de todo el mundo: la arena de la playa nos hace de espacio transitorio entre el duro asfalto y el mar y además nos permite crear de manera imaginativa todo tipo de formas, volúmenes, etc. Pero en ningún caso sirve para llenarse la boca con ella. De modo que por favor, tengan cuidado cuando pasen junto a alguien porque la arena de la playa, de momento, no es comestible.

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