Etiquetas

, , , , , ,

Para el retorno de The Reform Club he querido traeros un artículo, el primero de una interesante serie sobre saber hablar en público, que llevo preparando desde hace un buen tiempo. Y con lo de saber hablar en público no me refiero a consejos sobre cómo ser un buen conferenciante, que para ello ya existen muchos expertos y más que de sobra manuales, sino a nuestras conversaciones diarias en entornos públicos.

conversaciones privadas

¿Cuántas veces nos ha sorprendido una charla entre amigos/as en el metro o el autobús, en un tono de voz excesivo y además con un contenido para nada interesante o muchas veces incluso incómodo? 43 veces en el último mes, para un servidor que habitualmente hace uso del transporte público para moverse por su ciudad. Una buena cifra, ¿verdad? Teniendo en cuenta que el mes de Octubre sólo tuvo 31 días. Escalofriante, lo sé.

¿Qué sucede entonces con nuestros modales cuando salimos a la calle? ¿Somos capaces de caminar por el lado correcto de la acera, de ceder el paso, en definitiva de ser amables con el resto de peatones, pero en cuanto cogemos el transporte público olvidamos todo cuanto aprendimos? Quisiera pensar que la rutina y muchas veces las preocupaciones del día a día ocupan nuestras mentes y bloquean nuestro conocimiento del saber estar. De modo que aquí tenéis un pequeño recordatorio de cuanto las normas de protocolo exigen de nuestras conversaciones privadas en lugares públicos.

Por supuesto que podemos hablar en el transporte público. ¡No faltaría más! Pero siempre recordando que nuestra conversación es sólo nuestra, no hagamos pues partícipe a todo el que se encuentra junto a nosotros. Es bien conocida la práctica común de escuchar las conversaciones ajenas pero aun así no daremos todavía más facilidades para ello. Así pues el tono de voz deberá ser el correcto y necesario para que se entere nuestro interlocutor o interlocutores y en ningún caso convertirlo en un pregón de fiestas.

Usar un tono de voz adecuado

En cuanto a la temática de la conversación, desgraciadamente hay que decir que no disponemos de la libertad que quisiéramos, no por ninguna norma protocolaria sino más bien por convención pública. A nuestro alrededor hay tantas y dispares opiniones sobre un mismo tema como tantas y dispares personas existen, y lo que sí nos exige el protocolo es siempre tratar con respeto el resto de opiniones. Así pues, ¿por qué no puedo hablar de cuanto me apetezca en un lugar público? Es sencillo, pues porque ¿cuántos de vosotros cumplís a raja tabla las normas de protocolo? Exacto. El respeto es un bien escaso en nuestros días, de modo que entra en juego nuestra supervivencia. Como humilde sugerencia, tratar de evitar temas que delaten nuestra afinidad política (que no nuestra opinión sobre una política específica), o nuestras creencias religiosas (que no sobre un aspecto religioso), no es protocolario pero sí de suma utilidad.

Y ya por último el lenguaje. Me cuesta creer que en pleno siglo XXI, con una tasa de alfabetización total del 97,7% (datos del INE de 2010, frente al 69,15% del año 1952), todavía nos cueste trabajo pronunciar como es debido todas las letras del abecedario, formar oraciones con sentido y expresarnos con corrección, entre otros defectos. Y aun me resulta más increíble cuando es la población joven la que peor se expresa… Recordad pues, por ejemplo, que aquella a quien llamamos “la Vane” es Vanesa, que “joder”, “mierda”, “hostia”, etc., están aceptadas coloquialmente pero no dejan de ser palabras malsonantes, y que por el contrario tampoco demostramos nada haciendo un uso excesivo de tecnicismos cuando realmente no conocemos absolutamente nada sobre un tema.

Usar un lenguaje apropiado

Citando a una conocedora del tema, Emilia Pereyra, “Puede dejarnos bastante sorprendidos el simple ejercicio de detenernos a escuchar cómo hablamos nosotros mismos”.

Anuncios